[Imagen de Gerd Altmann en Pixabay]

¿Qué es el control? Si acudimos, como de costumbre, a la RAE, veremos que una de las acepciones de dicho término nos indica lo siguiente: «Dominio, mando o preponderancia». Cuando hablamos de tener el control sobre una determinada situación, nos estamos refiriendo a este significado, pues pretendemos ejercer pleno dominio sobre lo que nos está sucediendo o sobre lo que nos puede acontecer a corto, a medio o a largo plazo. No obstante, muchas veces nos parece que los resultados que obtenemos no coinciden con nuestras expectativas, y sentimos que todo se nos escapa de las manos, lo cual nos suele producir frustración, y provoca que nos quedemos dándole vueltas a las decisiones que hemos ido tomando para ver en qué hemos podido fallar. Ello, a priori, no es algo negativo, pues nos puede ayudar a mejorar nuestra conducta en el futuro, pero puede convertirse en un hándicap si no tenemos en consideración que no podemos controlarlo absolutamente todo, pues en tal caso estaríamos culpándonos siempre sin darnos cuenta de cuándo esta asunción de responsabilidad tiene sentido y cuándo no.

En Psicología existe un concepto denominado «Locus de control», y sirve para determinar el estilo de cada persona a la hora evaluar su dominio sobre los acontecimientos, el cual puede percibirse en mayor grado como interno o externo. Así, ante una misma situación (por ejemplo, un examen), quien tenga un locus de control interno pensará algo similar a esto: «Aprobar el examen es algo que depende fundamentalmente de mí. Si yo estudio lo suficiente y me preparo a conciencia, lo esperable es que saque una buena nota»; pero quien tenga un locus de control externo, tendrá una opinión muy diferente, más cercana a esta: «Aprobar el examen es algo que no depende de mí, sino del profesor. Si es un buen docente, sabrá plantear las preguntas de una forma coherente, y las corregirá de manera justa. En cambio, si no es un buen maestro, por mucho que yo me esfuerce en estudiarme el temario, él preguntará cosas surrealistas e interpretará mis respuestas a su manera, por lo que tal vez decida suspenderme si no le gusta mi manera de expresarme.»

Como podemos ver, en el primer estilo de procesamiento del control, el interno, la persona siente que tiene el dominio sobre la situación, mientras que en el segundo, el externo, está convencida de que puede ser víctima de las decisiones ajenas, sin poner demasiado de su parte para cambiar el curso de su historia. Ahora bien, ¿Cuál de los dos estilos o locus es preferible? En realidad, ambos tienen sus ventajas y sus inconvenientes. El locus de control interno puede contribuir a mejorar nuestra motivación y persistencia a la hora de ponernos por meta un determinado objetivo, haciendo que superemos los obstáculos con mayor optimismo y vitalidad, pero también puede llevarnos a asumir responsabilidades que no nos corresponden. El locus de control externo, por su parte, podría favorecer la desesperanza y la falta de empeño, aunque nos protegería de martirizarnos por nuestros «errores», ya que, al aceptar que el porvenir está en manos del destino, nos liberaría del tan indeseable sentimiento de culpa. Pero, si ambos estilos tienen sus pros y sus contras, ¿Qué podemos hacer para juzgar nuestros actos de la mejor manera posible? La solución pasa por separar el locus de control de los procesos de atribución. Vamos a ver en qué se diferencian:

Un proceso de atribución, al igual que el locus de control, puede ser interno o externo. Si hacemos una atribución interna de los acontecimientos, quiere decir que nos estamos responsabilizando de ellos directamente. En cambio, si hacemos una atribución externa, eso significa que nos estamos quitando de encima tal responsabilidad. Muchas veces, las personas con un locus de control interno tienen automatizada la atribución interna de cualquier evento que les sucede, así como quienes tienen un locus de control externo, ponen en marcha el mecanismo de atribución externa por sistema. Sin embargo, lo ideal sería aprender a evaluar cada situación de manera única, determinando, a posteriori, a qué atribuimos lo que nos ha sucedido (bien a nosotros mismos o bien a otras circunstancias fuera de nuestro control).

Volvamos al ejemplo del examen. Vamos a suponer que nuestro locus de control es más bien interno y que creemos que si estudiamos adecuadamente podemos aprobar y salir airosos. No obstante, el día que tenemos que examinarnos, nos encontramos mal de salud. Nos hemos levantado con un dolor de cabeza terrible y estamos algo mareados. Pese a ello, decidimos acudir a realizar el test, pero obtenemos un cuatro. ¿Sería adecuado atribuirnos la culpa de tal suspenso? Todo apunta a que no, pues hemos estudiado a fondo el temario, en consonancia con nuestro locus de control interno, pero no hemos podido controlar el hecho de levantarnos hechos polvo justamente esa mañana. El problema es que, demasiado a menudo, empezamos a buscar pretextos para inculparnos por cosas sobre las que no tenemos responsabilidad, lanzándonos mensajes como estos: «si anoche no me hubiera acostado tan tarde, hoy no me habría dolido tanto la cabeza, y hubiera podido aprobar», o «si me hubiera tomado un analgésico más potente, no habría llegado al aula con tanto malestar y al menos habría obtenido un cinco», etc., etc., etc.

Ahora vamos a suponer que nuestro locus de control es externo y que se nos plantea la misma situación. Podríamos haber estudiado muchas más horas, pero sospechamos que el esfuerzo está poco relacionado con los resultados del examen, así que apenas repasamos los apuntes un par de días antes de enfrentarnos a la prueba. Sacamos, como en el caso anterior, un cuatro, y hemos tenido que soportar igualmente una fuerte jaqueca. Si atribuimos nuestro fracaso a causas externas, esta será nuestra conclusión: «¡Menos mal que no dediqué más tiempo a prepararme el dichoso test! Está claro que el dolor de cabeza hubiera podido conmigo aun habiendo estudiado más», lo cual favorecerá que nuestra motivación sea muy escasa de cara a futuros exámenes (en los que probablemente nos encontremos en mejores condiciones de salud), propiciando la búsqueda de novedosas excusas con las que autoconvencernos de nuestra mala suerte: un reloj cuyo tic-tac nos ha desconcentrado, un pupitre en el que no estamos demasiado cómodos, un aula en la que hace demasiado frío o demasiado calor… En definitiva: a la larga, escogeremos cualquier elemento común al resto de los alumnos u opositores para justificar nuestra no consecución de objetivos, como si tales circunstancias adversas únicamente nos estuvieran afectando a nosotros por estar gafados de algún modo.

Ahora que ya hemos descubierto en qué consisten todos estos mecanismos psicológicos, y una vez que sabemos cómo se ponen en marcha, lo más conveniente es aprender a detectarlos en las situaciones de nuestro día a día, para poder así atribuir oportunamente la causa de un determinado evento a un factor interno o a un factor externo, con independencia de cuál sea nuestra tendencia predominante (la cual también podemos ir modificando a partir de las nuevas experiencias que vayan formando parte de nuestra biografía).

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Macarena Pinedo López, escritora y psicóloga colegiada (CM03154).

 

 

 

 

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Soy Macarena Pinedo López, psicóloga y escritora.

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